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Periodistas, ¿parte del problema?

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Decía Enrique Meneses que el periodista ha de entender su oficio como el de un aventurero. Ante cada obstáculo, cada revés del destino, se le presenta la oportunidad de probar su valentía, su raza.  Y puede que en  algunas honrosas ocasiones, cuando se haya metido tan hasta el fondo con un tema en el que los actores implicados tengan que emplear el soborno o manipulación para acallar su historia, se den las circunstancias para sacar a la luz su calado moral; ese que se aprendía más en las meriendas con Nocilla que en las cañas de la facultad.

De lo más preocupante del último CIS no está su particular cocinado de datos, que es lo que cabe esperar cuando se posicionan a según qué cabezas con según qué banderas al frente de los puestos sensibles. 

Lo preocupante es que no se admita dentro del cuestionario la labor de los periodistas, dada la responsabilidad que cubrimos/cubríamos en un sistema democrático. Que los juntaletras no aparezcamos entre los 54 principales problemas de los españoles cuando, en no pocas ocasiones, mereceríamos estar en un top 5 si refrescamos la labor del cuarto poder, es, como poco, significativo. Por charlatanes, mentecatos, timoratos y zurupetos. Si no nos dan desde el Centro de Investigaciones Sociológicas el correspondiente tirón de orejas, tal vez nos convenga bajar a los bares o salir a la calle para asumir nuestra parte. 

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Pero cómo es eso posible, ¿un opinador en la calle? Ya tiene que ocurrirle como a Sostres, que se encuentre el contenido de sus colaboraciones radiofónicas cuando va en bicicleta.

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Los opinólogos tenemos demasiada suela de zapatos.  Se ha perdido no el estar al calor de los hechos sino el observar, ver, contemplar; quedar callado ante lo que se produce ante uno para saber después, cuando se sienta frente a la pantalla que todo lo admite, si lo que le ha ocurrido tiene o no valor alguno. Y sobre todo, si tiene valor para el lector, si le va a permitir configurarse la idea más adecuada sobre la realidad para formar, en libertad, su propio criterio. 

El nuevo escenario, de opinología en cada esquina digital, aúpa en no pocas ocasiones a sujetos que parecen tener más empeño en jugar al Risk con sus enconamientos ideológicos que a intentar formar o informar sobre una cuestión de capital importancia para una sociedad que no lee como son: el funcionamiento de las instituciones públicas con cierta gracia y rigor, explicar entre qué aguas de grandes bloques teórico-económico-político-sociales nos estamos sumergiendo y la mayor de las veces, porque sí, porque es crucial también entretener con cierto gusto estético, posibilitar a los columnistas que puedan dedicar gruesas líneas a los puntos negros de una mariquita. 

Tolkien nos enseñó que la aventura no necesariamente requiere del permiso del aventurero. Sí de su responsabilidad para llevarla a buen término. Pero a nadie, por criterio general, se le antoja un menú de sinsabores de partida. Salvo a los periodistas. Que debería irnos en el sueldo, entre sapo y sapo que toca comernos de vez en cuando, asumir que son muchas más las líneas que deben quedar en el borrador que las que tienen que ir colgadas del apéndice de un hashtag. Por responsabilidad con quien no nos lee, no nos escucha y no nos ve. Por dignificar, en definitiva,  nuestro oficio; aunque termine envolviendo un gato de murano en tu próxima mudanza. 

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(@RMoralesJimenez) Narrador omnisciente de novelas negras y aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Codirector de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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