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La grandeza de la Hispanidad: una aproximación

En España por
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“Vé amugronar en otro hemisferio, junto con la española pujanza, el árbol de la Cruz, y el mundo reflorecer á su sombra”.

J. Verdaguer. La Atlántida

La Hispanidad no se trata de algo abstracto, sino que es, como señala Miguel Ayuso en su La Hispanidad como problema, un concepto político, encarnado, concreto, vivo, real. Me perdonarán, a lo largo y ancho del texto, la extensión de algunas citas, pero no puedo dejar de caer en la tentación de dejarles hablar a aquellos que, como García Morente, no han podido evitar ceder ante la verdad.

Hay una cuestión primera que a muchos cuesta entender, acaso creer; cuestión a la que se aproximan con vacilación, prejuicio y pensamiento malformado tras siglos de propaganda y mentiras, y es la de que hubo un tiempo en que nuestra nación, aquella que no pretendía ser constituida, es decir, España, doblaba la rodilla ante Jesucristo.

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Esa lectura impuesta de la historia, por la cual la historia de los hombres es la de su libertad obrando en el tiempo, sin otro fin que la autodeterminación, es cuando menos insatisfactoria y, observada atentamente, profundamente anticristiana, que sería la historia de la auto-salvación y la auto-divinización del hombre preconizada por el marxismo. Al final, aun reconociendo los méritos y aportaciones que pudieran haber surgido con el Descubrimiento, lo radicalmente importante de cara a legitimar la Conquista se jugará en el campo del sentido de la historia.

Pero, a mi juicio, no cabe relativismo. Sin duda, el del Descubrimiento y la Conquista de América es uno de los mejores ejemplos del esplendor con que pueden brillar las empresas de los hombres. No hay nadie con un mínimo de honradez que no quede asombrado ante los hechos que acontecieron desde aquella gloriosa jornada del 12 de octubre de 1492 en que Cristóbal Colón pisó las costas de Guanahani, bautizada San Salvador, en honor -como él mismo cuenta en una de sus cartas- a Su Alta Majestad, aquel que les había dado todo.

Muchas son las hazañas de nuestros exploradores. Resuenan en la memoria nombres propios como Cortés, Núñez de Balboa, Díaz del Castillo, Cabeza de Vaca, pero lo fundamental es que, como dice José María Iraburu, en su extraordinaria obra Hechos de los apóstoles de América (1992): “Para la evangelización de las Indias, Dios formó en la España del XVI un pueblo fuerte y unido, que mostraba una rara densidad homogénea de cristianismo. (…) Si la España del XVI floreció en tantos santos, éstos no eran sino los hijos más excelentes de un pueblo profundamente cristiano. Alturas como la del Everest no se dan sino en las cordilleras más altas y poderosas”.

Porque la grandeza de la Conquista de América no se compone de hechos aislados meritorios, sino del florecimiento de algo mucho más grande: la Hispanidad. García Morente, en su Idea de la Hispanidad, sostiene:

“A todo lo largo de los siglos, podríamos muy bien contemplar la historia de España como un lento proceso de propia depuración, como un continuo ejercicio ascético encaminado a perfeccionar, en la actuación temporal, cierto ‘ser colectivo’, cierto ‘modo de ser humano’ típico y peculiar, que llamaríamos la ‘hispanidad’. En consonancia con los caracteres fundamentales de lo orgánico, de lo viviente, cabría, pues, decir que si la historia de España engendra la hispanidad, no menos cierto es que a su vez la hispanidad engendra la historia de España; y que si los hechos en el tiempo han ido creando esa esencia espiritual que llamamos España, también, en sentido inverso, cabe considerar la evolución de la historia como producto concreto de esa esencia eterna que llamamos la hispanidad. La historia de España es, en suma, el ejemplo más puro que se conoce de ‘ascetismo histórico’, donde un pueblo entero hace lo que hace porque es quién es y para ser quién es”.

Concluía magistralmente García Morente:

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“Y si meditáis, señoras y señores, esta condición espiritual del sentimiento religioso español, fácilmente encontraréis en ella la raíz más profunda de todas las demás propiedades que hemos señalado en el caballero cristiano, o, lo que es lo mismo, en el estilo español. Porque es cristiano, y porque lo es con ese dejo o rasgo profundo que llama impaciencia de la eternidad, es por lo que el hispánico es caballero y todo lo demás. Dijérase un desterrado del cielo, que, anhelando la infinita beatitud divina, quisiera divinizar la tierra misma y todo en ella; un desterrado del cielo, que, sabiendo inmediatamente próximo su ingreso en el seno de Dios, renuncia a organizar terrenalmente esta vida humana y se desvive por anticipar en ella los deliquios celestiales. La impaciencia de la eternidad, he aquí la última raíz de la actitud hispánica ante la vida y el mundo. Mientras prepondere entre los hombres el espíritu racionalista de organización terrestre y el apego a las limitaciones; mientras los hombres estén de lleno entregados a los menesteres de la tierra y aplacen para un futuro infinitamente lejano la participación en el ser absoluto, la hispanidad desde luego habrá de sentirse al margen del tiempo, lejos de esos hombres, de ese mundo y de ese momento histórico. Pero cuando, por el contrario, el soplo de lo divino reavive en las almas las ascuas de la caridad, de la esperanza y de la fe; cuando de nuevo los hombres sientan inaplazable la necesidad de vivir no para ésta sino para la otra vida, y sean capaces de intuir en esta vida misma los ámbitos de la eternidad, entonces habrá sonado la hora de España otra vez en el reloj de la historia; entonces, la hispanidad asumirá otra vez la representación suprema del hombre en este mundo, y sacará de sus inagotables virtualidades formas inéditas para dar nueva expresión a los inefables afanes del ser humano”.

Podemos caer en la idealización y no reconocer que hubo errores

Nos recuerda Iraburu que el Descubrimiento de América fue triple: de España, Europa y el mundo; de los propios indígenas, que tampoco se conocían entre sí, y, el más crucial de todos, el de Cristo. La Conquista, sostiene, no fue ganada “tanto por la fuerza de las armas, como por la fuerza seductora de lo nuevo y superior”. Hay que tener en cuenta que, como dice Salvador de Madariaga en El auge del Imperio Español en América, las civilizaciones azteca, inca y chibcha eran regímenes verdaderamente monstruosos, y que aquellas tierras pasaran a convertirse en los reinos de ultramar de la Corona de España fue, sin lugar a dudas, beneficioso.

Podemos caer en la idealización y no reconocer que hubo errores, a veces exagerados por autores como Las Casas, cuya obra más difundida, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, ha servido de base para construir la leyenda negra (Menéndez Pidal se refirió a ella como “libro sin valor histórico alguno”). Aunque, como con mucha razón advierte Juan Manuel de Prada en un artículo titulado Posturas unilaterales y falsas:

“Resulta, en efecto, del todo grotesco que un personaje como fray Bartolomé de las Casas haya sido convertido en un icono de la propaganda antiespañola, como si su denuncia de los abusos cometidos en América (hiperbólica en algunos aspectos, veracísima en otros) la hubiese realizado para desdoro de la monarquía hispánica. No fue Las Casas un teólogo perseguido, ni un peligroso heterodoxo, ni muchísimo menos un agente al servicio de potencias extranjeras, sino un hombre que gozó de la privanza del emperador Carlos, que siempre prestó oídos a sus demandas y promulgó las Leyes Nuevas de Indias siguiendo sus consejos. Las Casas es, pues, patrimonio de la más pura tradición española, como todos los otros frailes y arzobispos gruñones que denunciaron los excesos de los conquistadores”.

Otra figura que no cabe omitir es la de Fray Francisco de Vitoria (nacido en 1492), crucial en la Conquista por su aportación jurídica, al igual que Las Casas, y el máximo exponente de la teología del XVI. Fue estimadísimo maestro que despertó la pasión de miles de discípulos, y basta leer su Relación sobre los Indios para intuir la grandeza de su figura.

España se opuso en todo momento a que se maltratase a indios y negros

Insisto en lo apuntado por De Prada. Existen numerosas páginas oscuras, como las masacres acontecidas en las Antillas o los abusos por parte de quienes desatendían las leyes y mandatos de la Corona, y son, como él dice, patrimonio de nuestra tradición. Como expresaba el papa Pablo III en su Sublimis Deus (1537): “El enemigo del género humano [el Demonio] inventó un nuevo método para obstaculizar la salvación de los pueblos: inspiró a algunos servidores suyos para que escribieran que los indios del Occidente y del Sur deben ser tratados como bestias de carga creadas para servirnos, pretendiendo que son incapaces de recibir la fe católica”.

Pero lo cierto es que, con todo, a la conquista no puede reprochársele mucho más de lo que cabría esperar ante un hecho histórico como aquel.

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“Lo que hubo de excepcional –dice Madariaga– fue precisamente lo contrario, es decir, que, como Estado, España se opuso en todo momento a que se maltratase a indios y negros, castigándolo severamente en sus leyes; de modo que, a pesar de graves errores y faltas de consecuencia en esta política, España, por su Estado y por su Iglesia salvó e hizo progresar en calidad y cantidad de población de los naturales y creó un sistema de relaciones con los negros importados que, aun lejos de ser perfecto, fue mejor –o menos malo– que el de los franceses, los ingleses, los daneses y los holandeses”.

Él mismo recuerda que la época de mayor apogeo de una institución tópicamente denostada como es la Inquisición viene a coincidir cronológicamente con la época de mayor esplendor de España (de finales del siglo XV a finales del siglo XVII), pues del Santo Oficio solo puede predicarse, a pesar de la perspectiva moderna, una persistencia en mantener la unidad de la fe. Quienes sostengan que el Santo Oficio buscaba la unidad política están en lo cierto. Sin unidad política, sin unidad en la fe, no existe como tal comunidad política.

En el éxito de ventas de María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra, el capítulo dedicado a América abre con la siguiente cita de Charles F. Lummis: “La razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles es sencillamente que hemos sido mal informados. Su historia no tiene paralelo… Amamos la valentía, y la exploración de las Américas por los españoles fue la más grande, la más larga, la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia”.

Solo nos bastan dos ojos para saber que el nacionalismo se funda en el odio y que el patriotismo se funda en el amor

Mal informados, desde largo tiempo y siempre al servicio de los mismos: los enemigos de España. Enuncia: protestantismo, Ilustración dieciochesca, liberalismo decimonónico, expansionismo estadounidense, criollismo independentista, izquierda revolucionaria o de salón y multiculturalismo indigenista. Subraya, además, lo que de alguna forma hemos advertido, y es que los territorios del Nuevo Mundo no fueron en absoluto colonias, sino que eran parte de la misma Corona: “Los términos y expresiones que se usaban eran ‘los reinos de ultramar’, ‘reinos de Indias’, ‘aquellos y estos reinos’, ‘los reinos de acá y los de allá’, etcétera”.

Por lo demás, la obra está cargada de datos asombrosos acerca de los frutos de la obra de los españoles en América, desde hospitales y universidades –“Hay que sumar la totalidad de las universidades creadas por Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia e Italia en la expansión colonial de los siglos XIX y XX para acercarse a la cifra de las universidades hispanoamericanas durante la época imperial”– hasta los planes de ordenación urbanística, leyes, textos, testigos todos de la general prosperidad y, sobre todo, espectacular transformación del Nuevo Mundo en los tres siglos de presencia imperial española. Pero la soberbia de la Ilustración, como Roca Barea nos recuerda, renegó de la herencia del mundo hispano-católico.

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Lo que, sobre todo, he pretendido con este texto no es otra cosa que despertar en el lector la curiosidad por una bibliografía apasionante que, estoy completamente seguro, no puede hacer más que reconciliarle con su historia, comunión de la que se le ha privado, y cuyas páginas, lejos de encontrarse oscurecidas por los episodios más abominables, se asombrará por la grandeza de la Hispanidad.

“Sin apenas soldados, y con sólo su fe –dice Ramiro de Maeztu en La defensa de la Hispanidad–, [España] creó un Imperio en cuyos dominios no se ponía el sol. Pero se le nubló la fe (…) y España se quedó como un anciano que hubiese perdido la memoria. Recuperarla, ¿no es recobrar la vida?“. Solo nos bastan dos ojos para saber que el nacionalismo se funda en el odio y que el patriotismo se funda en el amor; un amor concretado, siempre. Que la cura frente a romanticismos enfermizos no es otra que recostarnos junto al fuego amado de la tradición.

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