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La tarde en la que Rajoy se fue al bar

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“Usted no tiene una idea de país. Usted no tiene una respuesta de futuro. Y lo más importante, señor Sánchez, no me lo tome a mal, usted no puede ser Presidente del Gobierno porque usted no tiene el apoyo de los españoles y no ha ganado unas elecciones nunca”.

Con la bancada Popular en alto, con el maletín de cuero golpeteando el fémur, quizás con la boca seca.

Mariano Rajoy, el cromo más habitual de la vida política española en lo últimos treinta años, salía del hemiciclo dando un portazo por una puerta automática.


Lo hizo unos segundos antes de que la Presidenta del Congreso levantase la sesión de esta moción de censura.

En ese momento se dirigió hacia el patio del Congreso, se subió al coche oficial, sonaron las sirenas y se marchó.

Muerta la crónica de sucesos, se desencadenan los imperativos especulativos que durante siete horas tuvieron en vilo a España.

 

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Puede que hiciera algunas llamadas, revisase algún titular en el móvil o que hablase con algún asesor personal sobre la agenda de la tarde.

Puede que estuviera en silencio mirando por la ventana, viendo manchurrones de ropa en movimiento mientras atravesaba a ochenta por hora el centro de Madrid.

Puede que pensase: “este pusilánime, al que su propio partido decapitó hace año y medio, me está tirando del gobierno”.

Puede que dijera: “y yo que le daba por un cadáver político”.

Puede que bisbisease: “qué cabrón el Esteban”.

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Puede que hablase  o puede que estuviera en silencio. Sin pensar en nada. En blanco. Por primera vez en mucho tiempo.

Puede que llegase a La Moncloa o puede que se diera una vuelta por la A-6 solo por recrearse en el azul de los carteles que señalan hacia “A Coruña”.

Puede que se sentase a la mesa a comer con un apetito voraz o puede que no haya probado bocado.

Es probable que estuviera  Elvira y los chicos con él en la mesa. Puede que no.

Es posible que compartieran las miradas que todo cineasta busca captar en su obra, que no son otras que la complicidad de un matrimonio en apuros circunstanciales. Puede que no.

Puede que se echase una siesta. Puede que haya salido a caminar a paso lento; poco habitual en él.

Puede que se fumara un puro. Puede que se tomase un whisky.

Puede que escribiera unas notas con una caligrafía imposible. Puede que le echase un vistazo a las maletas de la alacena.

Puede que pensase: “¿qué puede pasar en ocho días?”. Y se echase un carcajada agria, como de botafumeiro humeando sobre un pazo ponzoñoso.

Puede que meditase la posibilidad de volver al Congreso de los Diputados y dar réplica a todo portavoz parlamentario que subiese al estrado. Puede que haya pensado en dimitir. Aunque esto es lo menos plausible de todo el relato.

Puede que haya merendado. Puede que siga en ayunas.

Puede que haya leído algo. Puede que no se concentre.

Puede que haya hecho el amor. Puede que no.

Puede que esté negociando algo con alguien para definirse como “en funciones” durante un tiempo…

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Sea como sea, lo que es seguro es que nadie de la farándula sabía qué había hecho Mariano Rajoy la tarde del jueves. Hasta que supimos que salió de un restaurante donde estuvo con la secretaria general del partido, preparando, seguramente, el finiquito. Tras centenares de sentencias de miembros de su partido, de peleas por arriba y por abajo, dentro y fuera de sus filas, un cadáver político, resucitado por una minoría militante hace cosa de un año, le ha terminado por atravesar la piel al gerifalte.

“Maldito Sabino Arana”.

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(@RMoralesJimenez) Narrador omnisciente de novelas negras y aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Codirector de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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