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Pancho Sánchez y la utopía catalana

En Cataluña/España por
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Antonio Santos explica en su magnífico libro ‘Tierras de ningún lugar’ que las utopías, aun siendo necesarias para que sigamos avanzando, son contradictorias y desatienden e ignoran la complejidad de los humanos. Es más, son totalitarias. Quien acuña la palabra ‘utopía’ por primera vez fue santo Tomás Moro con la publicación en 1516 de la obra del mismo nombre. En este libro, el pensador retrata el que sería un sistema de organización ideal.

Sin embargo, esta sociedad idílica donde todos conviviríamos felices y sin malestar es en realidad un auténtico Estado totalitario donde no se permite la disidencia y la población está sometida a múltiples obligaciones y prohibiciones: no se permite la propiedad privada, no es posible viajar, dentro ni fuera de la isla, sin recibir un salvoconducto especial, la infidelidad está penada con la muerte, se regula la hora a la que deben acostarse y despertar los ciudadanos, etc.

En Cataluña hay mucho Pancho Sánchez, como diría Julian Assange, que sueña con una utopía catalana, un país abierto a las culturas, democrático, sin deudas, donde la economía fluya, los mossos disuelvan las manifestaciones con flores y todos fumen de la pipa de la paz. No está mal soñar con utopías. Oscar Wilde ya dijo que un mapa donde no apareciera señalado la utopía no merecía ser mirado. Las utopías nos mueven hacia lugares, normas y comportamientos mejores, pero cuidado con tomar muy en serio nuestros delirios.

Una Cataluña independiente no será, al menos en principio, próspera económicamente. La Unión Europea ya ha señalado que incluso separándose de España de manera legal no formaría parte de la organización, algo que sin duda tendrá una repercusión negativa en sus cuentas. Además, la inestabilidad política ya se está empezando a notar en los ámbitos financieros.

Pero si la economía sería una incógnita en una Cataluña independiente, ¿qué decir de la repetida paz y armonía en la que supuestamente vivirán los catalanes? Ciertamente este punto este difícil de creer. La brecha social es cada vez más plausible. Hasta el punto de que hasta los perros son motivo de disputa y argumento nacionalista.

La asociación Héroes de 4 Patas, que se encarga de buscar alojamiento a esos caninos que han trabajado para la Policía o la Guardia Civil, ha denunciado que el pasado martes no permitieron participar a dos de sus perros en una exhibición en Cataluña por ser ex agentes de Policía.

-A ver, ¿identificación por favor?

-¡Guau! ¡Guau!

-¿Cómo? ¿Qué trabajó usted para la Policía? ¡Largo de aquí!

-¡Guau! ¡Guau!

Reír para no llorar. La situación en Cataluña no puede ser más quijotesca. Y no precisamente por la nobleza y buenas intenciones del hidalgo caballero. Más bien por la cantidad de molinos disfrazados de gigantes que no dejan de aparecer.

 

En el último capítulo de acontecimientos, “Pancho Sanchezdemont”, hablando de tú a tú al Jefe del Estado español, ha pronunciado un discurso ambiguo y repleto de segundas lecturas, que aviva todavía más la incertidumbre de lo que puede suceder en los próximos días. Y mientras, nuestro Presidente de Gobierno permanece quieto, impávido, a la espera, como si estuviera delante de un Tiranosaurio Rex que le fuera a despedazar al más leve movimiento.

Uno, pregonando su utopía catalana por cada rincón de la esfera internacional, y otro guardando silencio y dejando que la vicepresidenta y las fuerzas de seguridad del estado se lleven, literalmente, las hostias. Con todo lo que está sucediendo se va a alejando otra posible utopía, esa en la que todos nos respetamos, las fronteras se diluyen y disfrutamos de nuestros diferentes pareceres. Se aleja, pero es la que sí me hace caminar.

Actualmente escribo para el diario El Mundo sobre temas de cine y sociedad. Soy ejecutivo junior en una agencia de comunicación y también colaboro en Radio Internacional. Lector empedernido y lleno de inquietudes. Aprendiz de Humphrey Bogart y de Han Solo. Graduado en Relaciones Internacionales y máster en Comercio Internacional y en Periodismo. He vivido en Nueva York, donde trabajé en el Consulado de España. Mi pasión por las palabras y la escritura tuvo como resultado la publicación de mi primera novela a los 22 años.

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