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Salvapatrias en la nación de los villanos

En Cataluña/España por
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El estallido de la crisis catalana ha vuelto a poner en juego a una clase muy particular de ciudadanos. Se trata de los salvapatrias. 

Son unos personajes -repentinamente del dominio de la opinión publicada- que se atribuyen “por la ley de sus cojones” la responsabilidad de defender el bando que toque en cada momento. Suelen ser amigos de grupos concurridos y cañeros, proactivos a la hora de mover cadenas de mensajes para que te/le toque la lotería y te/le libres del cáncer en este 2018.

De vez en cuando copan las portadas gracias a sus hazañas. Es el caso de Álvaro Ojeda, que enlaza una ristra de despropósitos e insultos con formato audiovisual a quien sea trending topic en ese momento. O, por ir a lo inmediato, el de Víctor Moreno y su numerito con Puigdemont en Copenhague.

La aparición de los salvapatrias tiene un patrón. Primero llegan a “La Ocurrencia”, que suele estar vinculada con algún fenómeno de la actualidad y que consideran sencillamente brillante, imprescindible para el gran público. Ponderan su gorilada como carne de viral y la llevan a cabo porque es fácil el poder llevarla a cabo. Antes de la era de la idiotización digital esta gente tenía que entrar por un casting de Gran Hermano para tener su cuota de pantalla o hacer cola en la parrilla de Telecinco para expresarse con ciertas garantías de éxito. Un trabajo azaroso que dejaba a la mayoría de quijotes actuando en su bar o dando monólogos bochornosos en las comidas familiares. A día de hoy tan solo se requiere juntar a un amiguete (a veces ni eso), desbloquear el móvil, apuntar a la víctima y confiarle el éxito de la empresa al casposismo imperante, que cobra forma de retweet en la nación de los villanos.

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Villanos porque como diría Arturo Encinas, “por muy buenas intenciones que tengan, los villanos son el retroceso de la civilización desde el punto de vista de la democracia en cuanto forma comunitaria más perfecta de ser hombre”.  Sus motivaciones pueden llegar a ser ” peligrosamente comprensibles”, pues se trata de gente normal y bien intencionada la mayor parte del tiempo; que combina Primark con zapato caro,  corbata con chancla de piscina, hamburguesa con carpaccio, ensalada mixta con espuma de bogavante, libro con serie y película con teatro. Al visualizar y compartir este tipo de contenidos pareciera que el percutor moral se queda atorado, entrando en modo “bajo rendimiento”, más propio de una visita prolongada al aseo o igual que poco antes de comer, cuando el azúcar en sangre está algo bajo.

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Villanos porque sus movimientos terminan por agredir y reducir el ámbito de convivencia al compartir contenidos del mal gusto orquestados por maleducados (Puigdemierda. Aquí entrevista a Víctor Moreno) que terminan por enmierdar y reducir el debate público. Y lo peor es que los políticos entran al trapo. Y tenemos a los dirigentes de este y aquel partido empleando la dialéctica de los salvapatrias y los villanos. Hablando de buenos y malos, haciendo gesticulaciones obscenas y discursos para olvidar en el timeline, donde solo queda como lectura posible un nuevo enaltecimiento del puritanismo social.

Y así hasta el hartazgo.

Por tanto, Víctor Moreno no es un héroe, como he llegado a leer en el grupo de WhatsApp al que ha llegado el vídeo. Es un supervillano. Su proceder y su creencia de lo que debe ser y es dista de ser democrática, de ser verdaderamente valiosa para la comunidad. Es una mala reacción fruto de una crispación no adecuadamente identificada que además da pie a otra lectura muy distinta a la pretendida por el salvapatrias.  Puigdemont besa la bandera y no tiene ningún problema. Puigdemont sonríe. Puigdemont sale victorioso y ufano ante los suyos, no despejando ninguna verdad más allá de la siguiente: resulta que uno es menos bobo cuando lo increpa un idiota.

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“Algún día entenderán que no tenemos ningún problema con España ni con su bandera. La batalla es contra quien ejerce el poder despóticamente. La democracia es más importante que todas las fronteras, todas las banderas y todas las constituciones”.

 

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(@RMoralesJimenez) Narrador omnisciente de novelas negras y aventurero en chanclas. Periodista por empeño. Felizmente casado, felizmente padre. Codirector de Democresía. Cuando me pongo meloso o bruto, escribo por Espinosa Martínez.

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