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Titulitis: la gran mentira moderna

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En los años más duros de la crisis estuve en uno de los restaurantes que Joaquín Sabina tiene por Madrid. Habíamos ido un grupito de culturetas a los cines Renoir de Princesa. Después de sacudir o rescatar a Wes Anderson, se nos antojaron unas enchiladas.

Cuando estábamos a la espera de que nos acomodaran en la mesa, uno de mis amigos se acercó a un camarero de la barra y le saludó efusivamente. Por lo visto habían coincidido durante la carrera. 

Una vez que nos hubimos sentado, mi amigo me compartió una pequeña confidencia. 

— Pues este -en referencia al camarero que nos acababa de dejar las cartas-, aquí donde lo ves, tiene tres carreras y no se cuántos másteres. Y me ha dicho que está con el doctorado a sus 38 años, tío. 

En aquel cierre había cierta connotación de condena moral que suscribí en su totalidad cuando se aproximó con nuestras micheladas y margararitas. Tenía las manos nudosas, sudadas, peludas. Una calvicie estresada que le confería un aire al Doug Stamper más jodido.

Durante la cena me imaginaba a aquel megalodón del conocimiento repasando el diálogo socrático de Minos o los pormenores de la batalla de San Quintín mientras llevaba cilantro y sala de chipotle a la mesa 10.

Ahora que hago memoria, recuerdo que en lo que más me fijé fue en sus gafas sin montura. En la mirada que traslucía cada vez que nos traía un platillo parecía explicar, justificar, que aquel trabajo era temporal, una cosa para salir del paso. En definitiva: un pagalibros. 

Cuando volví hacia mi casa, escuché que la prima de riesgo acababa de alcanzar el máximo histórico, que el paro subía sin freno. Y de pronto, una  promoción de un máster en nuevas tecnologías y otras mandangas. Repasando todo esto,  me pregunto: ¿quién estaba engañando a este tipo? 

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Carmen Montón acaba de dimitir como ministra de Sanidad por plagiar su Trabajo de Fin de Máster. Sospechas del mismo orden tumbaron a Cristina Cifuentes y tendrá en el disparadero fecal, hasta que la opinión pública se canse o hasta que los protagonistas no dejen sobre los editoriales ni un rastro de sospecha, a Casado, Errejón y Sánchez.

Todas las argumentaciones que me he tenido que chutar en los últimos meses sobre los casos de los CV inflados, han ido dirigidas a condenar la mentira, cosa menor si se hace una lectura objetiva de los vicios y usos en los que incurre la política. Sin embargo, salvo la honrosa excepción de Díaz Villanueva, no he leído, escuchado o visto ninguna reflexión dirigida a pensar en la sobreformación. O lo que es peor. El hecho de ver un activo indispensable, que lleve hasta la mentira, el aparentar estar sobreformado. 

Una lógica en la que ha terminado de entrar, por intereses compartidos, todos los engranajes del mercado laboral (desde instituciones académicas hasta las propias empresas con sus cursos de formación) y que ha generado en el destinatario de toda esta oferta una nueva neurosis que responde a la titulitis. Tener por tener. Acumular por decorar. Apostar tiempo y recursos a una oportunidad difusa. Pelear el “Dr” como si nuestra dignidad estuviera en juego. 

A Montón y Cifuentes parece que nadie les indicó no ya el valor del esfuerzo, del que no me cabe duda alguna que lo han ejercitado y con entusiasmo además, sino el valor de la franqueza, de la honorabilidad, del hecho de valer por talentos y dones naturales forjados en la actividad ordinaria, sin necesidad de estar bajo las faldas o los jeans traviesos de un despacho rectoral.

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Las generaciones anteriores se abrieron paso sin considerar como indispensable este peaje temporal. Es cierto que las cosas han cambiado. Pero quizás por ello, sea conveniente animar a que Ciudadanos, en su proyecto de ley por la Transparencia y Regeneración de la Universidad Pública Española, sugiera poner un formulario que sea obligatorio para todos los centros que se quieran lucrar de nuestra titulitis. A saber: ¿de verdad necesita estudiar esto? ¿para qué cree que le va a servir? ¿son honestas sus intenciones para con este conocimiento? ¿le gustaría servir un crepe con cajeta a los bulliciosos del fondo?

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