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Young Sánchez

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En 1957, Ignacio Aldecoa escribió Young Sánchez. Se trata de un relato callejero rico en charcos, ganchos y carajillos de barra metálica;  un joven boxeador, Paco Sánchez, se prepara para un combate crucial dentro de su corta carrera pugilística. Si logra vencer a su rival, pasará de ser un luchador aficionado a una auténtica promesa nacional. 

La historia, para quien no ubique el estilo de Aldecoa, está repleta de descripciones afiladas, palabras entreveradas y diálogos directos. El narrador se pega al cogote del personaje, dándole una vivacidad, realismo y una fuerza tan cruenta que es imposible no pasarse la mano por la cara para ver si nos ha salpicado algo de tinta impresa.  

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En el séptimo y último fragmento de esta historia, vemos a Young apunto de saltar al cuadrilátero. Suena el bullicio de las gradas; nota el miedo en las piernas. Sus entrenadores le van dando indicaciones mientras le embadurnan glicerina por el rostro. Está aterrado pero en cuanto suena la campana se insufla ánimos. 

“Tengo que ganar  para ellos. Tengo que ganar este combate para mi padre y su orgullo, para mi hermana y su esperanza, para mi madre y su tranquilidad. Tengo que ganar”. 

No sabemos el resultado final. Aldecoa -travieso él- nos deja aquí confiando en que el lector saque sus propias conclusiones conforme a la mirada que haya ido adquiriendo a lo largo del relato.

¿Ganó el combate o quedó derrotado? 

El final de Pedro Sánchez sigue siendo igual de imprevisible que el cuento de Aldecoa. 

Se lanzó a la arena presidencial con argumentos igual de legítimos como de cuestionables. Afrontó las dimisiones de sus ministros con el mismo estoicismo con el que defendió las dimisiones que nunca llegaron a pesar de las abominables grabaciones de Villarejo y los escándalos de las empresas interpuestas. Escenificó una ruptura de relaciones de cara a la galería con el Partido Popular de Casado que ha terminado en el pasteleo del Consejo General del Poder Judicial. Y ya, lo último, con los presupuestos de vuelta a Madrid por sus “desvíos”con el parlamento hecho un gallinero y con las expectativas de las elecciones andaluzas que pueden marcar un hito histórico: cerrar temporalmente el cortijo socialista en esta tierra cuarenta años después.

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Después de estos asaltos en una legislatura magullada,  cabe preguntarse: ¿tiene Pedro Sánchez alguna oportunidad de ser elegido presidente o estamos esculpiendo el epitafio político del actual inquilino de la Moncloa?

Una cosa hay que reconocerle al presidente. Tiene planta para aguantar bien los envites. Se nota que la salida de Ferraz de hace dos años le preparó para cualquier pandemónium dentro de la política nacional. Es un hombre con un propósito: ganar. Tiene que ganar para pasar a la historia como un presidente electo, para tener alguna opción de definir lo que quiere que sea el socialismo en España en los próximos años y sobre todo, para demostrar a los suyos, que aún es pronto para moverle el sillón a Young Sánchez. 

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