Revista de actualidad, cultura y pensamiento

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Flannery O’Connor, o el sufrimiento y la pluma

En Literatura por
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Hay quienes, en medio del dolor, han sido capaces de vislumbrar una luz y, a partir de eso, han mantenido viva la esperanza. Más aún, hay quienes, no contentos con afrontar sus terribles noches oscuras, han sabido sacar fuerza de la fragilidad y se han constituido como verdaderos maestros en “la ciencia del sufrir”. Su testimonio y su palabra pueden acompañar, consolar e iluminar las noches oscuras de otros hombres.

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Cómo hacerle frente a nuestra ambigüedad moral

En Ética por
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Se nos dice a menudo que no podemos cambiar el pasado, que lo hecho, hecho está, y que no vale la pena darle vueltas. En efecto, desde el punto de vista de los efectos materiales de nuestros actos, “agua pasada no mueve molino” y lamentarse amargamente por decisiones, actos o palabras que no podemos cambiar no suele ser el deporte más sano para el alma humana, siempre acosada por empeños y fuerzas que escapan de cualquier racionalidad.

Pero frente a la libertad de elección que gobernó el momento, aunque ahora lamentemos el uso que le dimos en algunos de aquellos, existe otra posibilidad de elección más general y menos perecedera. Se trata de la elección moral, basada en la idea de que nuestras acciones no deben basarse exclusivamente en nuestra voluntad, sino que deben sujetarse a unas normas o condiciones que las hacen más adecuadas a la dimensión espiritual que envuelve y rodea nuestra mundana existencia. No hay nada, ni siquiera los pantalones de campana, menos de moda en nuestros días que la auto-negación, entendida como el ejercicio paradójicamente libre de restringirnos a nosotros mismos en aquello que deseamos, normalmente una necesidad material, en aras de un bien de otro tipo que consideramos superior.

Para comprender el alcance de este segundo tipo de libertad, la que hemos denominado “libertad moral”, debemos tener en cuenta dos elementos:

  • La incondicionalidad temporal de la decisión moral.
  • El carácter unitario de los valores.

La incondicionalidad temporal implica que podemos ejercer en el presente una decisión moral sobre el pasado. Cuando hacemos esto reconocemos un error cometido, reconocimiento que, aunque no altera por sí solo las consecuencias en el presente de lo ocurrido pues no puede ya afectar a la decisión material tomada, supone por sí mismo una nueva determinación moral diferente a la tomada en su momento. Es decir, en la medida en que la decisión moral se puede “actualizar” en cualquier momento de nuestra vida, no se ve determinada por el factor tiempo mientras dure ésta.

El segundo elemento, la unidad de los valores, resulta un hueso duro de roer para la mentalidad relativista que impera en nuestros tiempos. Digamos, siguiendo a Dietrich Von Hildebrand, que existe un paso previo al ejercicio de todo valor moral que es la aceptación, el “sí” consciente y voluntario, a los valores en su conjunto. Es decir, antes de decidir algorítmicamente cuál de los caminos disponibles se ha de tomar, se han aceptado unos principios o valores que implicarán que se apliquen a la decisión ciertos criterios o normas morales. La propia naturaleza de las cosas hace que los valores, o los disvalores, estén interrelacionados, de modo que, por ejemplo, la soberbia tira de la codicia o del desprecio por la vida de otros seres, la paciencia de la castidad y la templanza, o la solidaridad de la generosidad. Sea cual sea la lista de valores que tomemos, o si aceptamos como tales las virtudes del cristianismo, está claro, por muy relativistas que pretendamos ser, que existe un elemento de cohesión en cada lista de valores digna de ese nombre que los enlaza a todos en una misma dirección.

El error moral no es pues lo mismo que el error práctico, ya que el primero refleja un daño de tipo espiritual en nuestra persona y tal vez también en otras.

Pero, ¿cómo se produce esa actualización de las decisiones morales? En primer lugar, como acabamos de decir, debemos dar una aceptación a los valores en su conjunto, como una unidad. Esa aceptación es también una decisión moral, y no vale con haberla realizado una vez y creer que permanece en el tiempo, sino que es preciso actualizarla ante cada nueva elección. De hecho, la actualización sincera de esta decisión general es el elemento clave que nos puede permitir introducir cambios en las fases siguientes.

En segundo lugar, debemos intentar observar las decisiones pasadas a la luz de la mayor objetividad que el presente pueda proporcionarnos, no justificándonos ni tampoco mirando atrás con melancolía. Reconocer el error moral no es tarea fácil. A veces las circunstancias padecidas nos llevan a pensar que no podríamos haber obrado de otra forma, y en algunos casos es posible que así sea. Puede que en aquel momento cosas como negar nuestra ayuda a alguien que la necesitaba o dar por terminada una relación sentimental nos parecieran la mejor opción, y que dicha decisión tenga un sentido constructivo en el plano de la vida práctica. Pero al tomarlas, incluso aunque exista cierto elemento de inevitabilidad, no hemos hecho sino aportar más disarmonía a un mundo ya de por sí caído. El error moral no es pues lo mismo que el error práctico, pues este último se refiere a las consecuencias materiales en tanto que el primero refleja un daño de tipo espiritual en nuestra persona y tal vez también en otras.

Al reconocimiento del daño moral ha de seguir el arrepentimiento que implica una cierta angustia por el mismo. Solo el reconocimiento del error y la consiguiente actualización de la decisión moral tomada nos permitirá liberarnos de dicha angustia. Estos pasos, que tanto y con tanta razón nos suenan a los requisitos para la confesión, han de darse para poder actualizar la decisión moral con independencia de las creencias personales, si bien en el cristianismo se pone de manifiesto mediante la reconciliación, adquiriendo en el catolicismo la sublime condición sacramental.

Como era de esperar, la última fase del proceso de actualización está relacionada con el propósito de enmienda. No siempre es posible reparar exactamente el mismo daño que hemos realizado, pero en un plano estrictamente moral siempre podemos intentar devolver al mundo parte de la armonía que le hemos robado. Es importante, en este sentido, reconocer que nos hallamos ante un mundo caído también por nuestra propia culpa, que nosotros también aportamos disarmonía al mundo en que vivimos. Esto último resulta especialmente difícil en nuestros tiempos, en los que resulta una actitud común de las personas el considerarse a sí mismo una especie de “ángel en medio del abismo”, como si todo lo malo que sucede en el mundo fuera siempre culpa de “otros”. Esta cómoda y cínica mentalidad, que niega la posibilidad de actualizar las decisiones morales al justificarlas a priori por la propia persona que las realiza, suele desembocar en esa actitud de exigencia extrema hacia los demás y nula hacia uno mismo que está tan extendida hoy en día.

La tesis calvinista de la predestinación se fundamenta sobre una comprensión errónea acerca de la naturaleza del tiempo.

Nuestra mentalidad moderna está muy influida por culturas y líneas de pensamiento que, si bien en nuestros días presentan formas totalmente secularizadas, tienen su origen en el cisma espiritual e intelectual que vivió la sociedad occidental con la denominada Reforma Protestante. Especialmente las teorías calvinistas sobre la predestinación y la “doctrina de la prueba”, que llevan al individuo a una actitud de confianza supersticiosa en sí mismo y de justificación a priori de sus propios actos, siguen teniendo en nuestros días eco en la actitud fundamental de las personas hacia los valores morales. Estas ideas, importadas a través de la universalización de la cultura anglosajona, incluyen elementos, como las nociones de “ganador” y “perdedor”, que inmanentizan y convierten en apriorística la idea cristiana de la salvación humana, dejando poco o ningún terreno para la posibilidad de la redención. Si el Cielo ya está aquí y ya hemos sido juzgados, dándosenos a cada uno según nuestra condición, el reconocimiento del error moral supone el reconocimiento de la propia perdición, de nuestra condición de “perdedor” como equivalente terreno al concepto escatológico de “perdido”. Por lo tanto, el individuo tratará de evitar a toda costa dicho reconocimiento del error. Bajo esta perspectiva, el individuo se ve sometido a una constante autoevaluación justificativa, a un ejercicio de auto-convencimiento acerca de su propio valor y virtud, pues éstos se entienden inherentes e inmutables. Con semejante actitud, la actualización de las decisiones morales resulta prácticamente imposible.

La tesis calvinista de la predestinación, que hunde sus raíces en el paganismo y en la herejía gnóstica, se fundamenta sobre una comprensión errónea acerca de la naturaleza del tiempo. Se basa en la visión de tiempo como un marco general que engloba y limita las acciones tanto de los hombres como del mismo Dios, y no como un concepto de la realidad física al igual que el espacio, al que está ligado. Un Dios Todopoderoso no podría estar sometido a las limitaciones del tiempo, como tampoco lo está a las del espacio, de modo que la libertad individual sería compatible con el conocimiento divino de nuestra decisión moral fundamental. El hecho de que esta incomprensión sobre la naturaleza del tiempo haya sido superada por la ciencia moderna, así como el fenómeno de la secularización, no han impedido que, como apuntó el gran Weber, las huellas que las ideas calvinistas dejaron en el ethos de buena parte de la sociedad occidental permanezcan indelebles.

El plano de la acción moral no se ve por tanto limitado por el factor temporal, como no lo está tampoco por el espacial. Pertenece a otro ámbito de cosas propias del ser que no están limitadas por el despliegue del mismo, en términos heideggerianos, en el espacio y el tiempo, sino que pueden verse actualizadas a lo largo de éste. Esta actualización, dada nuestra humana e imperfecta condición, es imprescindible para poder avanzar en el camino de la vida. Con ello no cambiaremos los resultados materiales de las decisiones tomadas anteriormente, pero sí que actualizaremos la dimensión moral de nuestra persona respecto de dichas cuestiones. Se trata no solo de un reconocimiento del error, sino de una verdadera actualización de la decisión, de un “sí” actual a los valores en su conjunto que invalida desde el punto de vista moral decisiones fraccionarias del pasado.

El consuelo de la Belleza

En Asuntos sociales por
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Leyendo la prensa estos días, mi atención ha sido atrapada por una noticia: la historia de un matrimonio japonés, el señor y la señora Kuroki, que viven en la región de Miyazaki. Ella se había quedado ciega a consecuencia de una diabetes severa y había caído en una profunda depresión. Para consolarla, durante dos años su marido había plantado en su jardín miles de shibazakura, una variedad de flores minúsculas que desprenden un perfume delicioso. Y la señora Kuroki ha vuelto a sonreír, ya sea por el olor de las flores o por el amor de su marido… La historia y el jardín de flores atraen desde entonces a muchísimos visitantes. Hete aquí el consuelo de la belleza.

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Dante, Nembrini y nuestra humanidad deseante

En Literatura/Religión por
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Franco Nembrini es un pedagogo italiano nacido en Italia en el año 1955. Es profesor de literatura italiana e historia en la enseñanza secundaria y miembro de varios consejos educativos públicos y privados de la Italia actual.

Lo que más me importa decir acerca de este señor, que me dejó bastante maravillada, es que ha estado en España hace un par de días en la Universidad San Pablo CEU para impartir una conferencia sobre su libro Dante, poeta del deseo (Ed. Encuentro) y espero poder expresar con algo de acierto lo que nos transmitió para que no dejéis de leerle. Mejor dicho, para que no dejéis de leer a Dante. A los dos.

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La Teología del Libro de la Selva

En Religión por
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En el último capítulo del Libro de la Selva, Kipling nos presenta a Mowgli con diecisiete años. Hace ya tiempo que mató a Shere Kan, y derrotó a los perros jaros. Ahora está en la plenitud de su fuerza, y todo el pueblo de la selva le teme. Es, como le llamarán más tarde, “un dios de los bosques”, “el amo de la selva”. Llega la primavera. Parece que todo es perfecto. Y, sin embargo… Mowgli tiene el corazón oprimido, y no sabe por qué… Sigue leyendo

El Silmarillion: la teo-antropología de Tolkien

En Democultura/Literatura por
Aragorn es el último de los hombres de númenor descritos en el Silmarillion.
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La historia de la caída de Númenor nos presenta un mundo (Arda) presidido por un Dios creador trascendente y lejano, Ilúvatar, y unos espíritus inferiores que custodian y gobiernan el mundo en su nombre, los Valar. Estos son una mezcla de dioses olímpicos, ángeles y fuerzas de la naturaleza, que protegen Arda al servicio de los hijos de Ilúvatar, que son los elfos y los hombres. Uno de ellos, Morgoth, se rebeló contra la “Música” de Ilúvatar, contra su plan, y buscó engañar y someter a elfos y hombres bajo su poder en vez de servirlos.

(Este artículo examina la antropología teológica contenida en ‘El Silmarillion‘, el libro en el que J.R.R. Tolkien relata el origen e historia de la Tierra Media, en la que tiene lugar la saga de ‘El señor de los anillos’ y ‘El hobbit’.) Sigue leyendo

Ateos de alta cultura

En Religión por
Alain de Botton, sobre el ateismo
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Navega por las redes sociales con éxito inusitado un vídeo del filósofo suizo Alain de Botton predicando el ateísmo. Un ateísmo muy atractivo, sin lugar a dudas, porque se beneficia de todo cuanto de positivo hay en el ateísmo y de cuanto positivo hay en la religión.

Para el orador de Ted el gran problema del ateísmo es su carácter esencialmente negativo –la negación de la existencia de Dios y del valor, por lo tanto, de los sistemas religiosos–. Ese punto se puede conceder. Para revertir esta situación, al parecer, basta con proporcionar a los ateos los beneficios que los fieles de otras religiones encuentran en su religión. Hacer del ateísmo una religión. Sigue leyendo

Reflexiones sobre el fósil de un ángel

En Ciencia y tecnología/Pensamiento/Religión por
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Sólo el cristianismo pareciera entrar en puja con el pensamiento científico; probablemente porque es la única religión que se fundamenta en una determinada versión de la historia humana con especial énfasis en el origen de la especie (Romanos 5:12-15). Dicho conflicto resuena particularmente en la sociedad estadounidense, donde el desarrollo científico y el nivel de religiosidad cristiana son particularmente altos.

Esto ha originado un sinnúmero de debates, como aquel que pregunta si debe enseñarse en los colegios la teoría de la evolución o el relato bíblico de la creación. En esta línea, ha quedado como parte del folclore nacional el conocido juicio a John Scopes, un profesor que en 1925 enseñó a sus alumnos la teoría de la evolución, pese a que el Estado de Tennessee prohibía dichas lecciones por oponerse al relato bíblico de la creación. Sigue leyendo

Los Miserables: un imprevisto es la única salvación

En Democultura/Literatura por
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Llegué a Los Miserables de Victor Hugo gracias a Lev Tolstói quien en 1891 publicó una lista con los libros que más lo influenciaron repartidos en cinco etapas vitales. Cada título viene acompañado por una nota: grande, muy grande o enorme. Este último es el adjetivo que acompaña Les Misérables, insertado en la etapa de entre los 35 y los 50 años.

La obra magna de Hugo es enorme en todos los sentidos: casi 2000 páginas escritas con un estilo inmejorable y rellenas de una sabiduría humana que me ha puesto cara a cara con preguntas fundamentales acerca del significado de la realidad, la verdad de la historia, la justicia social, la libertad, el lenguaje y un largo etcétera. Aprovechándose de los acontecimientos de la narración, Hugo pone sobre la mesa su saber enciclopédico y su profundo conocimiento del alma humana.

Los asuntos claves de nuestra existencia personal y social, de nuestra vida histórica y política, del hombre como animal racional, político y dotado de lenguaje, se vislumbran detrás de los rostros de Jean Valjean, el inspector Javert, el pérfido Thénardier o el idealista Marius. La enormidad de Hugo consiste en repartir el prisma humano entre todos sus personajes, para que cada uno de ellos exalte un color haciéndolo más visible. Yo he descubierto destellos de mi vida en cada uno de ellos. Sigue leyendo

500 años de la Reforma Protestante: la disputa teológica que cambió el mundo

En Pensamiento/Religión por
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Martín Lutero clavando en la puerta de una iglesia en Wittenberg las 95 tesis que cambiarían la historia de Occidente. Aunque esta imagen la tenemos todos muy presente, no está claro que haya ocurrido realmente. El simbólico gesto que daría inicio a la Reforma Protestante puede no ser más que una expresiva ficción.

De lo que no hay duda alguna, es que en el 2017 se cumplirán 500 años desde que Lutero escribiera las famosas tesis (aunque él no las llamaría así) y las enviase al arzobispo de su diócesis, iniciando una polémica teológica cuyo desenlace sería imprevisto para todos. Sigue leyendo

No hay caramelos para los ateos

En Filosofía/Pensamiento/Religión por
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“Esperad… El sabor… Y ya se escapa…”;

“Manzana llena, pera y plátano, grosella… Todo esto habla en la boca de la vida y de la muerte“.

Rainer Maria Rilke, Sonetos a Orfeo.

Comienzo este artículo paladeando un caramelo de naranja, una de mis frutas preferidas. Adoro el sabor ácido de los cítricos y esa indescriptible reacción en la lengua. No puedo entender por qué en el tarro que sobró de la repartición de Halloween sobreviven numantinamente tantos de los míos. ¡Oh, otros!, siempre seréis una incógnita. Sigue leyendo

El Dios de Unamuno (II), y san Manuel, el Bueno

En Democultura/Filosofía/Religión por
Tiempo de lectura: 11 minutos[Ir a El Dios de Unamuno (I)]

El hombre es perecedero. Puede ser, mas perezcamos resistiendo, y si es la nada lo que nos está reservado, no hagamos que sea esto justicia”.

Étienne Pivert de Sénancour, “Obermann“; carta XC (1804).

Corregiría Unamuno a quien, en el prólogo de Niebla, entronizara entre sus referentes: “cambiad esta sentencia de su forma negativa en la positiva diciendo: «Y si es la nada lo que nos está reservado, hagamos que sea una injusticia esto», y tendréis la más firme base de acción para quien no pueda o no quiera ser un dogmático“. Porque no hay nada peor que el infierno, un infierno a cuyas puertas advirtió escrito Dante: “Lasciate ogni speranza” (dejad toda esperanza), y que el filósofo bilbaíno así definía: desesperación. “¡Hay que vivir…!“. Sobre la razón, o contra ella si fuere necesario. Sigue leyendo

Un sueño llamado Europa (II)

En Cultura política/Pensamiento por
Tiempo de lectura: 4 minutos

 

Nos duele Europa. Nos duele, no sólo por el atentado que hace unas semanas golpeaba París y conmocionaba al mundo. Nos duele también porque Europa, parafraseando a Ortega, “es todo lo que no debía ser, y casi nada de lo que debía ser”.

¿Por qué? ¿Por qué anochece en Europa? ¿Por qué el Viejo continente no da sino muestras de cansancio?

(Viene de un artículo anterior)

Tal vez nos pueda dar una respuesta ese europeo perturbado y genial que fue Nietzsche, que adivinó el ocaso de Occidente mucho antes que sus contemporáneos:

“¿No habéis oído hablar de ese hombre loco que, en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar, “busco a Dios, busco a Dios”?”  Sigue leyendo

El Dios de Unamuno (I)

En Democultura/Filosofía/Religión por
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Templo de la verdad es el que miras,
no desoigas la voz con que te advierte
que todo es ilusión, menos la muerte.

Larra, de un cementerio.

Unamuno confesó una vez que sólo tuvo un miedo en la vida, y que le vino de chico: mientras los demás niños de su edad echaban un ojo pavorosos bajo la cama antes de dormir, por aquello del Coco, a él le aterraba la posibilidad de no ser. Posibilidad que sería realidad algún día, y a lo peor ya lo ha sido.

Don Miguel de Unamuno

Todos queremos vivir. Todos anhelamos la perpetuidad de nuestra individualidad pura. ¿Qué sentido tiene todo si todo a la postre será nada? Si todo será nada, acaso sea lo mismo que decir que siempre lo fue, que nunca fue. Si morimos, no existimos aún, no hemos venido a ser jamás; somos fantasmas que vagabundean por páramos de nulidad aguardando el único instante de verdad y justicia, en que la nada sea nada y no aparente otra cosa. Ni siquiera aparente. Sigue leyendo

El debate sobre el aborto

En Asuntos sociales/Bioética por
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Cuando leo sobre el escándalo de Planned Parenthood –la venta de tejidos y partes de fetos abortados– y las reacciones que esto ha tenido –politizar la noticia, como hace el New York Times u ocupar las portadas de muchos portales cristianos y católicos– me pregunto hasta cuando el debate sobre el aborto seguirá siendo un tema pendiente.

No hay mucho debate, a lo sumo, peleas entre “nazis” y “retrógrados-fanáticos”, como se llaman mutuamente, o monólogos incomprensibles para unos y otros. Una excepción es el que mantuvieron en la Universidad de Yale los filósofos Peter Kreeft y David Boonin en 2008, y en 2010; esto representa de lo mejor que uno se puede encontrar googleando, y sin embargo, sigue sabiendo a poco. Sigue leyendo

Oh, cállate, Señor

En Mundo/Religión por
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Corrían los años 50 del siglo pasado, siglo de sangre y muerte. El dolor había medulado Europa años atrás, desde la primera década de la infernal centuria: todo era inestabilidad política entre extremismos intelectuales, dolor, violencia, guerra, inhumanidad, ausencia. Todo era mal por doquier que uno fuere.

Decía Winston Churchill cuando se le acusó de inacción frente al régimen nazi que no se había tenido noticia del holocausto extra muros, que fuera de Alemania nadie conocía la barbarie que durante años se había ido acometiendo en los campos de concentración y trabajo. Sin entrar en cuestiones políticas que no vienen al caso, no le faltaba mucha razón en este extremo: fue tras la caída progresiva del nacionalsocialismo cuando comenzaron a emerger, como si fueran fantasmas acudiendo al juicio de Dios, los cadáveres yermos de carne de millones de seres humanos. Sigue leyendo

El Derecho a mirar hacia otro lado

En Asuntos sociales/Bioética por
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Nos decía ayer, 3 de febrero Javier Sampedro en el País –a propósito de la “técnica de los tres padres genéticos”– que “la oposición a la técnica aprobada en Londres no es bioética: es religión”.

Según esto, dicha técnica no presentaría “ningún” problema bioético, y la oposición que ha suscitado sería otro fenómeno de la incomprensible e irracional agresividad de la Iglesia- de las religiones en general- contra la Ciencia.

La afirmación resulta tan gratuita que resultaría cómica, si no se tratara de un tema tan grave. ¿De qué religión y de qué bioética estamos hablando? Sigue leyendo

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